lo he conseguido!
He conseguido que ya nadie lea mi blog, ay qué dejadez. No colgué la práctica de audio (ahora ya no me apetece hacerlo) y el fotolog sigue supurando levemente la reflexión que le suponía a este espacio. Una penita.
Me debato entre cerrar definitivamente este cuaderno apolillado o seguir callando a la pared mientras se me ocurre algo que contar aquí.
Vale, ya lo tengo, se trata de una historia que escribí hace tiempo y que describe un hecho real:
“Jamás he sabido aguantar la mirada a un desconocido, soy la perfecta viajera del metro de Madrid. Mis ojos apuntan a cualquier parte del suelo para fusilar, por ejemplo, el cordón de un zapato ajeno. Pero esta tarde no, me he dejado las gafas de sol puestas y viajo de incógnito de mí misma. Así observo impunemente a los demás desde mi asiento, tan tranquila.
Frente a mí, en el extremo opuesto, se sienta un hombre de unos setenta años, delgado y gris, que estrangula un sobre abultado. Con la mano que le queda libre procura, compulsivamente, arreglarse el pelo, hasta que decide que su esfuerzo es inútil y la deja caer en la barra horizontal.
Las puertas se cierran y el metro comienza de nuevo a moverse incrementando lentamente la velocidad.
A mi lado se levanta una mujer muy alta que parece prepararse para bajar en la próxima estación. Exuberante morena de pelo largo, ojos claros y tez pálida, viste una camiseta negra y pantalones de algodón tatuados a la piel.
Él la mira sin poder evitarlo, ella se coloca junto a él, anclada entre la barra superior y la vertical y comienza a balancearse al compás del traqueteo del metro. Lo hace con leves movimientos, segura, mientras su cadera se aproxima más a ese codo que él no piensa mover ni un milímetro.
Por fin ella se agacha y le susurra algo al oído. Él niega poco convencido y aprieta con fuerza su sobre blindado.
La mujer se incorpora y continúa una estación más, burlando a la gravedad sobre unas deportivas de plataforma; ahora sólo sujeta con una mano a la barra que hay sobre su cabeza, mientras la otra pasea, coqueta, por el brazo de él. De ahí, ágil, salta al bolsillo de su camisa y, como una niña traviesa, mira dentro. Aprovecha para volver a susurrarle algo que provoca en el hombre un gesto de sorpresa y que descompone, por un momento, su casi impávido rostro.
El tren de nuevo se para y ella se baja rendida.
Él duda sólo un instante, el que tardan las puertas en volver a cerrarse, hasta que le sobresalta el pitido. Entonces persigue con la mirada el rastro de la caricia en el codo, el interior del bolsillo vacío y se concentra en los dedos de la mano, los estira y encoge buscando alguna marca que le demuestre que ha sido real.
Sonríe, y de sus labios brota una inmensa alegría, primero despacio, pidiendo permiso, y luego a chorro hasta que el grifo se cierra inexplicablemente de golpe.
Yo, desde mi trinchera de cristales negros, imagino que sabe que, cada vez que el metro se detenga en Moncloa, será inevitable volverse para buscarla entre la gente . Le veo mirar orgulloso el sobre intacto, aliviado porque nadie le quitará el instante en que creyó volver a ser el dandy de antaño pero, en el fondo, triste por haber perdido el tren en el propio tren.”


